UNA ISLA DE LOCOS
  DONDE TODOS SON CUERDOS

REPORTAJE

Este islote de Puerto Cortés está habitado por hondureños que han sido tildados de locos por vivir en ese particular sitio, pero es que, como se dice popularmente, “de poetas y locos todos tenemos un poco”.

• “Los primeros habitantes se pasaron a vivir aquí, hace más de 50 años, y todos decían que estaban locos”…
• La Isla de los Locos trascendió en 2009, cuando una noticia saltó a la luz pública: por el lugar merodeaba un jaguar.
• La “Isla de los Locos” no tiene escuela, ni centro comunal, ni alcantarillado sanitario pero sí algunos callejones pavimentados.

Por LUISA AGÜERO
Desde SAN PEDRO SULA
En Puerto Cortés, hay una Isla de los Locos, donde nadie tiene “un pelo de tonto”. El pequeño islote, hogar de unas 100 familias, se encuentra en el barrio Pueblo Nuevo, una de las zonas más populares de la ciudad costera.
Llegamos hasta ese lugar, por pura referencia, después de atravesar el puente peatonal, único nexo de los residentes con la tierra firme. La otra forma es en alguna de las pequeñas embarcaciones que circundan la Laguna de Alvarado.
María Cristina Coto fue la primera persona que nos recibió. Una mujer tímida, al principio, que después de una amena charla se convirtió en nuestra guía por los callejones de la isla. La limpieza y el orden del lugar sorprenden. Y cómo no, hoy, no resulta fácil encontrar una comunidad en la cual el mal de uno es el mal de todos. “Aquí nos hemos unido para cuidarnos, con nuestros recursos logramos poner la luz, el agua potable y mantenemos limpia la isla que es nuestro hogar, pero tenemos problemas de saneamiento, debido a la contaminación en el río”, lamenta María Cristina, quien reside en la Isla de los Locos, hace 17 años.

¿POR QUÉ LA ISLA DE LOS LOCOS?
Por un momento hace una pausa, luego ríe, “no crea que es por nada malo, lo que pasa es que aquí era un suampo, era un pantano cuando los primeros habitantes se pasaron a vivir aquí, hace más de 50 años, y todos decían que estaban locos, que era un lugar que no reunía las condiciones, se caminaba sobre tablones para ir de un lado a otro, con el correr del tiempo se fue rellenando poco a poco”, relató, mientras amasaba harina con una paciencia casi “franciscana”.
Alba Argueta es otra de las residentes de la Isla de los Locos. Ella emigró desde Copán siguiendo el llamado del corazón hace treinta años. Hoy está sin su compañero pero sigue adelante por sus dos hijos. “Estamos muy tranquilos, todos los vecinos somos como una gran familia”, expresa satisfecha, mientras se acomoda en una hamaca frente a la entrada principal de la casa de María Cristina Coto.
“Se imagina y solo dígame, ¿dónde va a encontrar una comunidad donde los vecinos logren acuerdos comunes en perfecta armonía, para hacer proyectos a beneficio de todos, como fue el caso de la luz y del agua potable?”, señala Alba.
Su principal pesar es que, con el terremoto, las bases del puente se desplazaron y están fuera de su sitio, por eso, ojalá que las autoridades “vuelvan sus ojos hacia nosotros y que nos den una mano en esto”, apuntó.

UN POCO DE HISTORIA
Pese a su más de medio siglo de estar habitada, lo cierto es que la Isla de los Locos trascendió en 2009, cuando una noticia saltó a la luz pública: por el lugar merodeaba un jaguar. El felino tuvo un trágico destino, cuando se ahorcó con unos cables, mientras los bomberos trataban de atraparlo. En esa oportunidad miles de hondureños quedaron conmovidos. Otros vecinos señalaron: “Aquí no hay locos ni hubo un jaguar”.
El acceso al cayo es a pie, en lancha o en bicicleta. Por sus estrechos callejones nunca ha pasado un carro señalan sus vecinos, quienes afirman no ofenderse cuando los tildan de trastornados. En su lugar se ríen y se mofan de quienes creen insultarlos.
En el puerto los residentes de la isla son muy famosos. Pero allí, nadie tiene un pelo de desquiciado. Y, como reza un popular adagio: de poetas y de locos todos tenemos un poco; sin embargo, allí, algo queda muy claro: todos están totalmente cuerdos.
La historia sobre el nombre de la isla sólo es una y comenzó en el seno de la familia Carías. “En el puerto todos dicen que aquí sólo vivimos locos. No nos molesta para nada pues no es porque seamos retrasados mentales que la isla se llama así”, señalan los vecinos.
La transformación de la isla comenzó allá por 1958 cuando Manuel Carías decidió construir la primera casa en la isla. El suelo era un verdadero fangal, lleno de mangles.
El lodo llegaba a la cintura. “Por venirse a vivir en esas condiciones la gente tildó de loco a don Manuel y a su familia”. El segundo “loco” en ir a asentar su casa en la isla fue Medardo Aguilar, quien llegó 15 días después siguiendo a don Manuel.
“La decisión de venirse a vivir en esas condiciones la tomó por no tener dinero para seguir pagando alquiler. Don Manuel se vino a la isla porque debía dos meses de alquiler y no tenía cómo pagarlos. En aquel entonces la renta mensual era de 8 lempiras y no tenía los 16 para ponerse al día con la arrendadora”.
Las primeras casas eran de manaca y de caña brava. Como don Manuel Carías todo el tiempo de la construcción salía enlodado la gente le decía: “Don Carías usted está loco”.
Más de cinco décadas después, nadie se hubiera imaginado cómo era en el pasado la isla sobre todo si se la ve en la actualidad. El cambio ha sido tan dramático que hasta la comparan con la capital de Moscú, Rusia.
La “Isla de los Locos” no tiene escuela, ni centro comunal, ni alcantarillado sanitario pero sí algunos callejones pavimentados.
El servicio de agua potable es bueno pero el agua desechada se descarga en el ramal del río Medina que rodea la pequeña extensión de tierra. Según Hugo Mejía y su esposa Rosa Membreño, la isla ahora es transitable porque le han metido cualquier cantidad de relleno. “Cuando no teníamos el puentecito salíamos y entrábamos en cayuco. Así fue como también traíamos el relleno”.
Salta a la vista que quienes viven allí son muy felices. El mal de uno es el mal de todos, recalca el matrimonio.
Una gran parte de los pobladores de la isla se dedica a la pesca y otro buen número trabaja en la maquila, o en el comercio. Y los vecinos coinciden que si ha habido un loco ese fue el perro que se desvivía por jugar fútbol y tenía el nombre de un conocido político del país, y que llegó a cabecear el balón en el aire mejor que cualquier jugador de primera división…
Y así, nos despedimos con la certeza que, lo de locos… solo queda en la imaginación porque allí, todo transcurre en pleno juicio.

Panorama… Cuando llegaron los primeros habitantes de la isla, el lodo los cubría hasta la cintura, la situación ha cambiado poco a poco.

Solo a pie o en bicicleta. Por sus estrechas calles nunca ha pasado un carro señalan sus vecinos, quienes afirman no ofenderse cuando los tildan de trastornados.

Lucha por la limpieza. Aunque tienen luz eléctrica y agua potable los vecinos lamentan tener problemas de saneamiento, debido a la contaminación en el río.

RECUADRO

HOGAR… LOCO HOGAR…

? María Cristina Coto, mientras se dedicaba a labores de amasado.

? Alba Argueta disfruta de la comodidad de una hamaca.

? Hugo Mejía y su esposa viven muy felices en la isla.

? Raúl Umaña es uno de los líderes de la comunidad.

? Vecinos disfrutan de la tranquilidad del lugar.


 
 
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