| |
|
 |
| Hablemos Claro |
| |
Editorial |
| |
|
EL DESAFÍO DE LOS PARTIDOS CONSISTE
EN OBLIGARSE A RECTIFICAR ESTAS DINÁMICAS QUE HOY TIENEN
INSATISFECHA A UNA GRAN PARTE DE LA POBLACIÓN QUE NO
ESTÁ CONFORME CON LOS RESULTADOS QUE OFRECEN LOS GOBIERNOS.
Honduras atraviesa momentos de enorme tribulación en
que vivimos episodios confusos, terribles y sangrientos. Si
tuviéramos que hacer una síntesis de la actual
época en Honduras el mejor término a aplicar para
definirla sería: una época de violencia monstruosa.
De ahí que los ciudadanos exigen a los políticos
que no se desorbiten de manera incontrolable y de esto último
depende que los hondureños mantengan las esperanzas en
el sistema democrático.
Estamos en la recta final de un nuevo proceso electoral que
concluirá a finales de noviembre con la elección
de un nuevo presidente, diputados y alcaldes; y los partidos
políticos históricos, Liberal y Nacional, una
vez electos sus candidatos a buen ritmo han superado sus crisis
internas y han logrado establecerse en un marco de unidad que
requieren para fortalecerse y buscar el triunfo. Este es el
sano ejercicio de la democracia, en lo que ha descansado en
gran medida la salud de la República para mantener a
nuestro país como una democracia en que los partidos
políticos son baluartes a escala nacional y donde los
ciudadanos encuentran los espacios de participación.
Pero muy especialmente los dos grandes partidos tradicionales,
Nacional y Liberal, son los que tienen una mayor responsabilidad
porque históricamente en ellos es donde los hondureños
han depositado la mayor simpatía y confianza para dirigir
los destinos del país.
El Partido Nacional fue el primero en encontrar el cauce de
la unidad partidaria después de las primarias, no obstante
que los nacionalistas sufrieron un desencuentro que parecía
insuperable entre los dos candidatos de mayor membrecía
política, Juan Orlando Hernández y Ricardo Álvarez.
Al final han superado sus diferencias y hoy caminan juntos en
una campaña que tiene un gran despliegue que solo puede
ostentar un partido que gobierna. Los liberales, que venían
sufriendo muchas penalidades desde antes de junio de 2009, han
consolidado sus fuerzas internas y recientemente lograron ofrecer
al liberalismo una demostrable palpable de unidad, al fundirse
en un caluroso abrazo liberal el candidato Mauricio Villeda
Bermúdez y el excandidato Yani Rosenthal. Ambos líderes
están respaldados por el apabullante liberalismo, que
ni está diezmado ni socavado como equivocadamente pensaban
algunos calenturientos. Todo lo contrario, si en las primarias
el liberalismo dio muestras inequívocas que está
más vivo que nunca, en la manifestación del pasado
domingo 6 de mayo, en que asistieron varios miles de líderes
regionales, departamentales y locales, se pudo palpar que las
redes de liderazgo en el Partido Liberal a todo nivel están
activas y llenas de entusiasmo. Esto plantea sin duda que la
gran lucha electoral de noviembre está dada desde este
momento entre los dos grandes partidos: Liberal y Nacional.
Y que ambas estructuras están trabajando a todo vapor.
Ahora bien, esto no quiere decir que aceptemos que todo anda
bien en las alturas de la política, porque no es menos
cierto que tampoco las cosas funcionan a satisfacción
en beneficio de la nación. Y a la crisis nos remitimos,
aunque si bien la misma crisis está movida por las dinámicas
de la naturaleza democrática. El desafío de los
partidos consiste en obligarse a rectificar estas dinámicas
que hoy tienen insatisfecha a una gran parte de la población
que no está conforme con los resultados que ofrecen los
gobiernos. A esto es lo que llamamos la urgencia de que los
dos grandes partidos se sometan a una regeneración democrática,
que es el proceso curativo a que se deben someter nacionalistas
y liberales para salvar nuestra democracia que está seriamente
dañada. Es un proceso que debe usar los cauces democráticamente
normales para que los partidos puedan superar la crisis de crecimiento.
Para esto se requiere la renovación con nuevos valores,
más preparados académica e intelectualmente, que
constituyan una nueva clase política con creatividad,
de manera que los partidos no sean refugios de orates, energúmenos
o falsos entusiastas. Políticos que no cometan la tontería
de proponerse mandar durante una extensión indefinida
de tiempo. Este proceso de regeneración democrática
lo sostienen los dos grandes partidos, Liberal y Nacional; ambos
deben afirmar de manera contundente que siguen siendo la mejor
alternativa en un sistema en que la ley ofrece garantías
y no es el poder el que determina quién ha de seguir
ocupando el poder. De lo contrario lo que vendría sería
el desplome del sistema democrático.
 |
| Opinión |
| |
Legisladores
y periodistas |
| |
Por RODRIGO WONG ARÉVALO |
HAY TANTAS PERSONAS EJERCIENDO EL OFICIO DE FORMA
RESPETUOSA, COMO DESNATURALIZADOS HACIENDO PERIODISMO
CON FINES POLÍTICOS, HASTA ALGUNOS TRASNOCHADOS
QUE SE CREEN UNA ESPECIE DE “RAMBOS REVOLUCIONARIOS”
CON UN PERIODISMO AL SERVICIO DEL CHAVISMO Y DE
DANIEL ORTEGA.
En la famosa novela “Conversación
en la Catedral” de Mario Vargas Llosa, una
de las novelas que más disfrutamos en nuestros
años universitarios y que hemos releído
un par de veces más, el periodista Santiago
Zavala, Zavalita, mientras departía con
el negro Ambrosio en aquella cantina con nombre
religioso, se preguntaba en qué momento
se jodió el Perú. “Conversación
en la Catedral” es una de mis novelas favoritas,
porque en ella el premio Nobel de Literatura se
retrata en el personaje Zavalita, en sus andanzas
de reportero en uno de los diarios de Lima, Perú,
donde redactaba notas rojas y crónicas
deportivas. Esa misma pregunta que se hizo Zavalita
la pudiéramos formular en nuestro país:
¿En qué momento se jodió
Honduras? Es casi seguro que Honduras se jodió
en el momento en que muchos hondureños
se dieron cuenta que aquí lo más
fácil era saltarse las trancas de la ley
porque cada ley valía lo que el papel tarda
en deshacerse en el agua.
El hecho que la policía cayera en tan graves
niveles de contaminación es producto del
desparpajo que ha habido en el país, comparable
con la rapidez con que un exfuncionario pudo conseguir
varias cartas de libertad y que un alto oficial
de la policía creyera que si hacía
migas con un malviviente de alto rango no pasaba
nada. Igual ha sucedido en el periodismo, antes
los que trabajábamos en medios respetuosos,
percibidos como serios por los televidentes, radioescuchas
o lectores, nos preocupábamos por ejercer
un periodismo no para merecer aplausos y reconocimientos.
Libramos muchas batallas en pro del adecentamiento
del país, procurando no enredarnos en grupos
tildados de izquierda o de derecha, compartiendo
las salas de redacción con colegas de todos
los pensamientos.
Hoy la cosa es diferente, porque hay tantas personas
ejerciendo el oficio de forma respetuosa, como
desnaturalizados haciendo periodismo con fines
políticos, hasta algunos trasnochados que
se creen una especie de “rambos revolucionarios”
con un periodismo al servicio del chavismo y de
Daniel Ortega. En cierta manera nos parece que
no es mala la idea que los periodistas nos acojamos
a un proceso de autoregulación, en que
sea nuestra propia conciencia la que nos recuerde
que hay reglas de juego que debemos cumplir. Que
un medio de comunicación no es un instrumento
de chantaje ni para ultrajar el honor de las personas;
que los medios de comunicación somos plataforma
de crítica, pero sin caer en el campo de
hacer oposición que es una tarea propia
de los sectores políticos, porque los medios
no aspiramos llegar al poder ni mucho menos controlar
el poder.
Conviene que los medios de comunicación
y los periodistas demostremos la madurez en estos
tiempos difíciles, pero igual demostración
deben darnos los políticos y especialmente
los legisladores, entre los cuales han aparecido
algunos radicales metidos a diputados que al hacer
migas con el gobierno le están haciendo
un flaco favor al candidato nacionalista al apoyar
la impopular ley mordaza. En la filosofía
del derecho constitucional hay un principio que
vale la pena traer a colación en este momento:
“no hay ningún legislador, por sabio
que sea, capaz de producir leyes de las que un
gobernante no pueda hacer mal uso”. Y así
es, tanto en la política como en la vida
no hay soluciones mágicas como no hay leyes
que sirvan para apagar todos los fuegos. Sin embargo
las buenas leyes son necesarias para crear un
modelo civilizado de convivencia que es el objetivo
de la democracia constitucional. En cambio una
mala ley se percibe de lejos y merece el amplio
repudio de toda la sociedad, como ha sucedido
con la tristemente célebre ley mordaza.
Por lo pronto el giro que sobre esta situación
parece haber dado el Congreso, al proponer un
compromiso nacional con todos los sectores de
opinión pública para encauzar a
Honduras por la ruta de la paz, la tranquilidad
y una convivencia respetuosa es como la luz del
sol. Necesitamos una cultura que responda a la
regeneración democrática que tanto
necesitan los políticos. Un compromiso
nacional es un pacto donde distintos sectores
de la sociedad, de amplio reconocimiento y prestigio
social, aporten ideas para crear un régimen
de opinión pública en el marco del
respeto a la ley. El objetivo es sentar las bases
de un pacto de Estado que erradique el abuso de
los funcionarios que buscan controlar la libertad
de expresión, por un lado. Pero por otro
lado, evitar el periodismo de incontinencia verbal
que tanto daña la buena imagen del periodismo
serio que es el que debemos cultivar si queremos
vivir en una convivencia respetuosa. Los periodistas
no debemos olvidar el sagrado precepto de la verdadera
libertad de expresión: tenemos el derecho
de hablar, pero a la vez tenemos la obligación
de apegarnos a ese derecho, no transgrediendo
el derecho de los demás.
 |
| Opinión |
| |
Masoquismo
político |
| |
Por
ERASMO |
El vicio de caer en el sonsonete de decir una
y otra vez que el Presidente de la República
está haciendo todo lo posible para quedarse
por un tiempo más en el poder se ha vuelto
un masoquismo político entre ciertas personas
que consideran esta posibilidad como si se tratara
de chupar un confite. Los hondureños conscientes
sabemos que la Constitución de la República
establece que el período presidencial es
de cuatro años y nada más; pensar
que a un presidente se le cruce la idea de estar
más tiempo en el poder es masoquismo puro,
ganas de sufrir innecesariamente, porque la ley
primaria del país establece las penalidades
para un presidente que se proponga concretar sus
ilusiones continuistas. Las personas que echan
a rodar estos globos sonda con el ánimo
de ganar notoriedad, en el fondo son pervertidos
que gozan sufriendo al sentirse víctimas
de una humillación o un maltrato que está
distante de suceder, porque el Presidente Pepe
Lobo sabe que fue electo para cuatro años
y ni un día más.
Quienes gozan con esta complacencia masoquista
tienen la tendencia de creer que el público
les reconocerá su capacidad patriótica
de denuncia, y no es así, porque al final
lo que consiguen es que la gente se burle de sus
elucubraciones, que eso son, porque aquí
nadie está creyendo que a Pepe Lobo se
le sale la miel del paladar por seguir en el gobierno,
administrando una crisis sin precedentes. Así
que, a estos masoquistas que tratan de ganar figuración
en un período electoral, les recomendamos
que busquen ganar simpatías en el electorado
de otra manera. En las actuales condiciones en
que está Honduras Pepe Lobo lo que está
deseando es que este calendario de ocho meses
que le quedan de gobierno pase más rápido
que un tren de alta velocidad para irse a su hacienda.
Un político como Pepe Lobo sabe que el
tiempo de actuar para él está señalado
en la Constitución por cuatro años,
que es lo que le está permitido, en el
límite constitucional.
Pepe Lobo está hoy como estuvo el general
Anibal, el poderoso comandante del ejército
de Cartagena, quien después de la gran
batalla que libró para tomarse Roma, desde
la colina contemplaba a sus soldados entrando
a la ciudad eterna preguntándose si el
deseo de aquel éxito que significaba haber
vencido a los ejércitos romanos más
bien había sido su propio fracaso. Porque
Anibal había dejado en el camino de sus
numerosas victorias a su mujer querida, a sus
hijos y a sus amigos. Había hecho de derrotar
y tomarse Roma una obsesión, su única
razón para vivir, para vencer o para perder,
y todo al final para olvidar a sus seres queridos
y a su pueblo. Lo había perdido todo para
no ganar nada. A Pepe Lobo le ha pasado algo igual,
ganó la presidencia para gobernar Honduras
durante cuatro años terriblemente adversos,
donde se ha mantenido administrando una crisis,
sin parangón en la historia de Honduras.
Si después de haber vencido a su adversario
liberal Elvin Santos, Pepe Lobo percibió
ese momento como una gran victoria electoral,
a estas alturas sabe que fue un éxito donde
no ganó nada, porque estos han sido cuatro
años que le han sacado más canas
y mucha barriga más. Porque en medio de
las tribulaciones y las preocupaciones hay personas
que pierden años de vida y para calmar
los nervios comen más de la cuenta.
Hay políticos que se obstinan en conseguir
la victoria electoral a costa de lo que sea, este
desde luego no fue el caso de Pepe Lobo, porque
su triunfo dependió más de las infortunadas
circunstancias políticas que se dieron
en junio de 2009. La historia enseña más
de la cuenta y solo los ignorantes son los que
gozan ignorándola. Igual que al general
Aníbal de Cartago, a cada político
le llega su tiempo y tiene su final. En el caso
del Presidente de la República su mandato
constitucional es de cuatro años y no percibimos
que Pepe esté queriendo desconocer el mandato
constitucional, porque la Constitución
castiga severamente a quienes osan desafiarla
para mantenerse en el poder fuera de la ley. Esta
elucubración salida de la boca de una excomisionada
de policía nos da la oportunidad para conocer
que a la política hondureña están
entrando personas que mientras tuvieron funciones
nunca asumieron las responsabilidades con fidelidad
a la Patria. Y como buenos para nada, hoy buscan
ganar aplausos y simpatías a través
de la lección de sus fracasos. Es decir,
se quieren hacer acreedores de la simpatía
electoral abriendo extraños frentes de
batalla, en que, al igual que el general Anibal,
en lugar de avanzar al éxito se encontrarán
con el fracaso.
 |
| ÚLTIMA
LÍNEA |
| |
¿Puede
desaparecer Honduras?
|
| |
Por
JUAN RAMÓN MARTÍNEZ |
He estado leyendo en el curso de esta semana un
informe, muy pormenorizado, del futuro de las
potencias mundiales. Las naciones dominantes,
tienen su fase de desarrollo y consolidación,
a la que sigue otra de expansión; para
concluir como todo, en un periodo de declinación.
En el análisis que comento, la potencia
mundial declinante son los Estados Unidos; y la
emergente es China. Como se sabe, una nación
puede seguir teniendo poder militar e incluso
dominio de los mares, pero lo que define el poder
real en esta época de globalización,
es la capacidad de incidir en los mercados regionales
y mundiales.
La supuesta declinación de los Estados
Unidos, no es un tema nuevo. Hace cerca de 50
años, Paul Kennedy empezó a observar
una disminución de la presencia estadounidense
en los mercados mundiales. A partir de allí,
anticipó la teoría que Estados Unidos
había empezado su declinación; y
que quien le sucedería como gran potencia
sería Japón. Los resultados que
hemos visto, confirman que Kennedy estaba equivocado.
Y que USA sigue siendo la gran potencia económica
y militar. Y Japón, se mueve entre la segunda
y la tercera potencia económica. Creo que,
igual cosa podemos pensar con respecto a la supremacía
de China. Porque ocurre que esta nación
económicamente no es un ejemplo de riqueza;
y su mérito radica más en sus descomunales
potencialidades poblacionales. E incluso, no son
pocos los analistas que sostienen que el capitalismo
chino no es otra cosa que el capitalismo estadounidense
en un territorio inmenso que se ha dispuesto a
vender mano de obra barata y abrir sus facilidades
físicas a la inversión de los Estados
Unidos.
Pero al margen de lo anterior, el tema me ha parecido
interesante y muy significativo cuando leo en
los periódicos de la semana anterior que
El Salvador, evidente antagonista de Honduras
–nos guste o no nos guste– se dispone
a comprar diez aviones AT-37 a Chile. Con este
acto El Salvador, destruirá la superioridad
aérea de Honduras y creará las circunstancias
para que el militarismo salvadoreño pueda
provocar una nueva confrontación con Honduras,
similar a la que ocurriera en 1969.
Al margen de lo anterior, lo relevante en este
caso es que El Salvador es más nación
que Honduras. Los salvadoreños tienen más
recursos en los bolsillos que los hondureños,
y, por ello, la defensa nacional está más
en sus manos que en el caso de Honduras que por
la indolencia de su población y por la
falta de visión de sus políticos
dirigentes, está en manos de los Estados
Unidos. Una nación que depende de otras
para asegurar su existencia, es una que tiene
una vida artificial, y que, en cualquiera circunstancia
singular puede desaparecer.
No faltarán los que me acusen como alarmista.
Pero el crecimiento económico salvadoreño,
la autonomía de sus mecanismos de defensa
y su vocación de nación que quiere
acceder al Caribe, pueden comprometer, la existencia
de Honduras. Especialmente si seguimos comportándonos
en forma indolente, con escasa voluntad para producir
riqueza y ausencia de voluntad para ser una nación
de verdad, respetada por todo el mundo. Honduras
puede, desaparecer.
|
|
|
 |
 |
 |
 |
|
 |
|
|
 |
| ANTE
SU IMPOPULARIDAD .. más
> |
 |
 |
 |
|